La posverdad, la presunción de inocencia y la lapidación mediática: ¿un nuevo orden en la Justicia?

En la era de la post verdad, la presunción de inocencia parece desvanecerse frente a la presión mediática

Por ElEditor Platense
3 de septiembre de 2024 - 11:00

Por DR. EZEQUIEL GÓMARA | Abogado

Vivimos en tiempos donde la verdad ya no es lo que era. Lo que alguna vez parecía inamovible, hoy se diluye en un mar de opiniones, versiones y narrativas que se multiplican al ritmo de un clic, una etiqueta o un hashtag.

La posverdad ha llegado para quedarse, y con ella, una peligrosa tendencia que amenaza uno de los pilares más sagrados de cualquier sistema de justicia: la presunción de inocencia. Este principio, que ha guiado durante siglos la balanza judicial, se enfrenta hoy a un adversario temible: la lapidación mediática. 

Basta con una denuncia, un rumor o incluso un malentendido para que una persona vea su reputación destrozada y su vida puesta patas para arriba. En cuestión de minutos, redes sociales, programas de televisión y medios de comunicación dictan sentencia antes de que un juez siquiera pueda tomar cartas en el asunto, y no solo eso: en muchos casos empresas efectúan despidos, clubes realizan desafiliaciones, se rescinden contratos, se anulan estrenos y un sin fin de medidas que resultan un verdadero castigo anticipado, sin juicio ni garantías.

Pero, ¿cómo llegamos a este punto? La posverdad, ese concepto que describe un escenario en el cual los hechos objetivos importan menos que las emociones y creencias personales, ha transformado la forma en que consumimos y procesamos la información. Hoy, lo que se siente verdadero, aunque no lo sea, puede tener más impacto que la verdad misma. Y en este entorno, la presunción de inocencia, que debería proteger a cualquier persona hasta que se demuestre su culpabilidad, se convierte en una víctima más del espectáculo mediático. 

El caso de Pablo Rago (acusado falsamente, desvinculado de una obra teatral y lapidado mediáticamente) es un claro reflejo de esta dinámica. Antes de que se presentaran pruebas concretas, ya se había creado un juicio paralelo en los medios y redes sociales. Poco importa y, de hecho, no se supo, que la denunciante reconoció haber mentido para obtener dinero.

Memes, hashtags, y opiniones encontradas inundaron el espacio digital, dejando poco espacio para la reflexión y el análisis sereno. 

Más acá en el tiempo, el caso de los rugbiers franceses, detenidos por una acusación que, luego se demostró falsa. Antes de saber siquiera su versión, fueron encarcelados, sus rostros publicados y desvinculados del club y la federación que los cobijaba ¿Quién paga este daño?

La pregunta es inevitable: ¿cómo reconciliar la rapidez y la emocionalidad de la post verdad con la calma y racionalidad que exige la justicia? La respuesta no es sencilla, pero quizás pase por replantear nuestro rol como consumidores de información. 

Debemos ser más críticos, no dejarnos llevar por el primer impulso y recordar que la justicia no es un espectáculo ni un reality show. 

La vida y reputación de las personas no pueden ser moneda de cambio en el gran mercado de la opinión pública. 

Es cierto, la sociedad demanda respuestas rápidas, pero la justicia demanda tiempo.  En ese equilibrio radica la clave para no caer en la trampa de la post verdad, donde la presunción de inocencia no es más que una pieza más en el juego de las apariencias.

Conclusión

En un mundo donde la post verdad reina y la lapidación mediática es moneda corriente, es urgente repensar nuestro papel como actores en esta dinámica. La presunción de inocencia no es solo un derecho legal; es un principio ético que debemos proteger si queremos construir una sociedad más justa y equilibrada. La justicia, como bien sabemos, no es un juicio popular, y debemos recordar que hasta el más vil de los acusados merece un juicio justo.

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